El milagro del aprendizaje escolar


Rosa María Torres 
Claudius - Brasil

Para Emilia Ferreiro


Es un milagro que niños y niñas aprendan en la escuela - me decía Emilia, gran investi­gadora de la educación y el aprendizaje infantiles  - dadas las condiciones en las que se les pide aprender. Si uno se detiene a reflexionar por un momento en las condiciones de enseñanza y de aprendizaje que enfrenta la mayoría de niños en el mundo, concluye efectivamente que apren­der, en el medio escolar, es un milagro.

Son privilegiados los alumnos expuestos a pedagogías activas, que respetan al niño, que parten de su conocimiento previo, que reconocen la importancia del juego, que estimulan la capacidad de pensar y el gusto por descubrir, que prenden - en vez de anulan - la creatividad y el interés por aprender. Para la mayoría de niños, la experiencia escolar es rígida, tediosa y repetitiva. Muchísimos la viven con miedo, temerosos del castigo, de la humillación, del deber, de la prueba. La mayoría memoriza y repite sin entender, copia mecánicamente, o aprende sin saber para qué. Tras cientos de horas de corear en voz alta y de hacer trazos sobre el papel, millones de niños y niñas malaprenden a leer y escribir. Aprender, a pesar de estos métodos de enseñanza, solo puede considerarse un milagro.

Son privilegiados los alumnos que tienen maestros bien pagados, califi­cados y valorados en su tarea. Maestros con libertad y autonomía para ensayar, equivocarse, aprender y rectificar. Maestros con tiempo y condi­ciones para prepararse, para leer y escribir, para enseñar sin apuros. Abundan los maestros-or­questa y los maestros-enciclopedia que hacen y enseñan de todo, condenados a enseñar de por vida, como si la enseñanza fuese actividad industrial; los maestros sin vocación, que escogen el oficio urgidos por la supervivencia más que por la pasión de enseñar; los maestros autoritarios, que no escuchan, que amenazan, que maltratan. Apren­der, a pesar de un mal maestro, es ciertamente un milagro. 

Son privilegiados los alumnos que gozan de espacios pensados para el aprendizaje. Estos escasean incluso en infraestructuras costosas y modernas. Arquitecturas convencionales, impersonales, sin atractivo, sin imaginación, sin verde, sin espacios para jugar, para estudiar, para compartir, para descansar. Ni mencionar los locales hacinados, los insalubres, los ruidosos, los sin baterías higiénicas y sin agua corriente, los sin condiciones mínimas para enseñar y aprender. Lugares distantes del hogar, en el campo y la ciudad. Sitios en los que corre peligro cotidia­na­mente la vida y la salud de los niños. Aulas en las que se espanta moscos y zancudos, se caza lagartijas, se atrapa serpientes; aulas donde se pasa frío y otras en las que se sufre de calor; aulas sin techo o con goteras, con piso de tierra, sin ventanas o con ventanas pero sin vidrios o con vidrios rotos. Sí: aprender en estas condiciones es un milagro.

Son privilegiados los alumnos que cuentan con mobiliario cómodo, adecuado a las necesidades infantiles y a los rigores de la cultura escolar. La inmensa mayoría de niños en el mundo debe conformarse con pupitres y bancas destartalados y, quizás, una pizarra y un pedazo de tiza. Troncos, cajones de madera, cartón o latón, hacen a menudo de bancas. Hay aulas en las que los niños se sientan en el suelo, no porque esto sea parte de su cultura (como lo es en efecto en muchos lugares) sino porque faltan sillas o pupitres. He visto - en zonas muy pobres y apartadas - pupitres de barro, fijos, clavados contra el piso. Y he visto también - en zonas urbanas y bien dotadas - aulas con mobiliario y equipamiento modernos donde los niños tienen los pies colgando y se ven forzados a estirarse porque sillas, mesas, pizarras, computadoras, no fueron pensadas para altura de niño. No hay duda que aprender con tanta incomodidad es un milagro.

Son privilegiados los alumnos que tienen en la escuela materiales para leer, para escribir, para dibujar, para pintar, para sembrar, para tocar o escuchar música, para aprender idiomas, para crear. Millones de niños escolares no vieron jamás una biblioteca, un mapamundi, un rompecabezas, un video, una probeta. Millones carecen incluso del texto escolar hoy tan despreciado. Ni hablar de internet o de banda ancha. Lo único que muchos tienen a mano, y que demasiado a menudo ignoran y desaprovechan, es la naturaleza. Aprender encerrado en un aula es en efecto un milagro.

Que niños y niñas aprendan en la escuela, a pesar de todo y de todos, es un mi­lagro. Un milagro posible gracias a la inteligencia y la creativi­dad del ser humano. Un milagro posible gracias a la curiosi­dad, la imaginación y la capacidad natural de los niños para aprender.

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